Macroeconomía actual y la pecaminosidad humana
Sigue el debate sobre las reformas bancarias y fiscales que se necesitan implementar para que no se repita el desastre económico de los últimos meses. Los bancos y compañías que recibieron dinero del gobierno el año pasado ahora le están dando grandes bonos a sus ejecutivos. Esto ha creado una reacción populista contra estos negocios. Sin embargo, todavía está por verse si el gobierno impondrá reglamentos que frenen el tipo de acción que creó el problema que casi causa una depresión económica mundial.
Lo que ha quedado claro para mí es que los eventos de los últimos meses nos demuestran la realidad del pecado humano. Estamos en esta situación, no por algo que estaba fuera del control humano, sino por causa del pecado. Se ve la realidad del pecado a varios niveles.
El pecado más obvio es la avaricia. Desde los grandes inversionistas hasta las familias que se metieron en casas que no podían pagar, la motivación era conseguir más y conseguirlo fácilmente. No había quien dijera “tengo suficiente, no necesito tratar de conseguir más que lo que necesito”. Los prestamistas se aprovecharon de la tendencia humana de querer más y más para vender casas, carros y bienes que estaban más allá de las posibilidades reales de las personas y que no se necesitaban. Los grandes prestamistas hicieron lo mismo, a grande escala. Creyeron que podían seguir revendiendo lo mismo y consiguiendo que alguien pagara cada vez más dinero. Esta casa de naipes se cayó cuando por fin ya no había suficiente gente avara que siguiera tratando de seguir haciendo “ganancias fáciles”.
El segundo pecado clave tal vez es menos obvio. Todo esto se dio porque la lógica de los que están en el poder era quitar regulaciones y permitir que el “mercado” regulara a los compradores y vendedores. Pero esto niega la realidad de la pecaminosidad humana. Las regulaciones existen no porque se cree que el gobierno haría mejor trabajo. Al fin y al cabo, los que están en gobierno también son pecadores. Se necesitan normas y reglas porque todos somos propensos al pecado y necesitamos que otros nos supervisen. Al practicar la desregulación se estaba actuando como que los inversionistas no serían propensos a ofrecer préstamos cuestionables y desarrollar negocios turbios. Al no creer en la realidad y profundidad del pecado humano se creó una situación en la cual el pecado pudo prosperar.
Un tercer pecado clave es estructural y más profundo. Al estar buscando soluciones al problema muchos quieren ayudar a los grandes, siendo que si ellos caen nos afectaría a todos. Otros quieren que también se le ayude a los que están perdiendo sus casas. Pero ¿qué de los más pequeños, los que no tienen bienes y propiedades, pero están sufriendo los efectos de las decisiones de otros? Algunos abogan por los ricos y otros por la clase media, pero ¿quién aboga por los pobres, los ancianos, los niños o los indocumentados? Los planes de rescate comenzaron con los ricos. Algunas ideas incluyen a la clase media. Pero el evangelio nos llama a recordar a los pobres. Un plan de rescate que no responda a las necesidades de los más vulnerables van en contra del evangelio.
Lo que ha ocurrido en Wall Street nos muestra lo que sabemos, pero que somos propensos a olvidar. Todos somos pecadores y podemos meternos en problemas por causa de nuestro pecado. Oramos que el desastre de Wall Street nos invite a todos a reflexionar sobre nuestra propia tendencia a olvidar la realidad del pecado y nuestra necesidad de la obra redentora de Dios en Cristo Jesús.
(Adaptado de un artículo en EL INTER, Octubre 2008)