Hay días en que yo ya no me quiero llamar cristiano. No es que quiero dejar de seguir a Cristo Jesús. Más bien, me doy cuenta que el vocablo “cristiano” se usa de tantas diferentes maneras en nuestra sociedad, algunas hasta contrarias al evangelio de Cristo.
En muchos círculos “cristiano” se ha convertido en un adjetivo para describir cosas que no tienen ninguna relación con seguir a Cristo Jesús. Se venden productos “cristianos” que tienen poco que ver con la causa del evangelio y mucho que ver con hacer dinero. El mercado “cristiano” es ahora tan grande que los dueños de algunas compañías de literatura y música “cristiana” no son creyentes, sino personas que saben que venderle a los “cristianos” produce buenas ganancias.
En el mundo musulmán el vocablo “cristiano” tiene un largo historial negativo. “Cristiano” trae a la memoria las cruzadas, las imposiciones de las colonias europeas, la imposición de dictadores por “países cristianos” en nombre del anticomunismo y el sentir de que los “países cristianos” están el Medio Oriente hoy porque quieren control del petróleo (sea o no verdad). Y si no fuera suficiente, las películas de Hollywood son vistas como productos de una sociedad “cristiana”. Tenemos que reconocer que parte de la reacción negativa en hacia el evangelio en los países musulmanes se debe a la imagen que tienen de los llamados países “cristianos”.
Si “cristiano” tiene estas connotaciones negativas ¿cómo vamos a proclamar el evangelio de tal manera que el no creyente vea a Cristo Jesús? Tal vez podamos aprender algo de las palabras de Francisco de Asís quien dijo “predica el evangelio siempre. Si es necesario utiliza palabras.” A la luz de este reto quisiera sugerir una idea “radical”. Dejemos de utilizar el término “cristiano” como adjetivo. Que la gente vea que su negocio es “cristiano” por la manera que trata a sus empleados, por el justo trato que reciben sus clientes y por su honestidad, aunque le cueste. Que la sociedad identifique nuestra música como cristiana, no por la letra, o el sello que la vende, sino por el estilo de vida de quien la canta y por el cambio radical que se ve en los que la escuchamos. Que el pobre y el necesitado vean en nuestras acciones el amor de Cristo Jesús. Que el mundo musulmán cambie su perspectiva del evangelio por el número de personas que demuestren, sin intereses políticos o económicos, la realidad del amor de Cristo Jesús. En otras palabras sugiero que nuestro testimonio sea tal que los no creyentes nos identifiquen como seguidores de Cristo Jesús sin que tengamos que utilizar el adjetivo “cristiano” para describir lo que estamos haciendo.
Si somos sal y luz en la manera que utilizamos nuestro dinero, en como tratamos a la viuda, al huérfano y al extranjero y si demostramos el amor de Cristo hacia nuestros enemigos aquí y en el resto del mundo, no tendremos que llamarnos cristianos, sino que la gente verá lo que hacemos y glorificará a nuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). Si otros nos llaman cristianos porque reflejamos la vida de Cristo, entonces habremos cumplido con nuestra tarea.
En cada época le toca a la iglesia identificar que significa seguir fielmente a Cristo Jesús. El día de hoy en muchas partes del mundo la iglesia está siendo perseguida por ser fiel al evangelio. Pero en otras partes, como en los Estados Unidos, el problema principal no es la persecución, sino la seducción. Aquí el peligro más grande para la iglesia es que pierda su testimonio al ser seducida por los “poderes de este siglo.” Quisiera identificar dos grandes poderes que están seduciendo a la iglesia en este país.
Jesús llama al primer poder mamón (riquezas, Mateo 6.24). El dinero no es algo neutral, sino, mas bien, un poder de este mundo. El dinero puede ser utilizado para bien. Pero también seduce hacia al materialismo y consumismo. En este país se mide el “éxito” por lo que uno acumula y consume. Las iglesias son seducidas cuando miden su éxito por el tamaño de sus presupuestos o por los bienes que adquieren “para el ministerio.” Muchas iglesias también enseñan que la prosperidad y la salud son señales de la bendición de Dios, olvidando que los creyentes más fieles muchas veces son los más pobres y que los ricos oprimen a los pobres de este mundo (Santiago 2.5,6). La respuesta divina a esta seducción es la mayordomía y la fidelidad. Necesitamos recordar constantemente que TODO lo que tenemos es de Dios (no sólo el diezmo) y que vamos a responder a Dios por el uso del mismo, sea poco o mucho (Mateo 25:14-30). El llamado del evangelio es a la fidelidad, no al “éxito.”
Pablo llama al segundo poder el “yo” (Gálatas 2.20). Vivimos en una sociedad individualista donde lo que YO quiero es lo más importante. Las cosas y las personas deben estar a mi servicio. Los anuncios me llama a comprar y consumir porque YO me lo merezco. Esta tendencia seduce a la iglesia cuando presentamos a Dios como el que está a nuestro servicio, “ofreciéndonos” lo que queremos. La respuesta bíblica a esta seducción es la comunidad y el servicio. El Nuevo Testamento describe a la iglesia como comunidades de creyentes donde los miembros daban lo que tenían, fueran sus bienes (Hechos 2:41-47) o sus dones (1 Corintios 12) para servir a otros. Y Jesús nos puso el ejemplo cuando dijo que no vivo a ser servido, sino a servir y a dar su vida por otros (Marcos 10.45).
El materialismo y el individualismo seducen porque prometen llenar nuestras necesidades materiales y emocionales. Nos hacen creer que podemos servir a Dios Y a las riquezas. Pero esa seducción domestica el poder transformador y profético del evangelio. Cristo nos invita a no dejarnos seducir por las promesas falsas de nuestra sociedad. Delante de Dios el bienaventurado no es el que acumula, sino el que da (Hechos 20.35). Si queremos que el evangelio tenga un impacto poderoso en nuestro país es tiempo de confrontar el materialismo e individualismo en nuestras iglesias y de dar lo que tenemos a favor de otros en nombre de Cristo.
Estaba comiendo en un restaurante con unos hermanos cuando pasó un cantante queriendo ganarse uno dinerito compartiendo su arte. Uno de los hermanos le pidió el “Veinte de gloria”. Me dio mucha pena porque sabía que sólo un evangélico de años podría entender de que se trataba. El músico nos cantó otras obras y le sacó unos centavos a este grupo de evangélicos.
Después de que se fue el músico los hermanos me contaron que habían estado en otro restaurante donde pasó un músico algo mayor de edad. Le pidieron el mismo canto y la persona comenzó a cantar “Cuando allá se pase lista”. Se había criado en la iglesia evangélica aunque se había alejado. Entendió la jerga evangélica y respondió con ese himno traducido del inglés (con varias diferentes traducciones).
Aquí está la letra en la traducción que yo aprendí de niño (Número 20 en Himnos de Gloria).
Cuando la trompeta suene en aquel día final
Y que el alba eterna rompa en claridad,
Cuando las naciones salvas a su patria lleguen ya
Y que sea pasada lista allí estaré.
Coro:
///Cuando allá se pase lista///, A mi nombre yo feliz responderé.
En aquel día sin nieblas en que muerte ya no habrá,
Y su gloria el Salvador impartirá,
Cuando los llamados entren a su celestial hogar
Y que sea pasada lista allí he de estar.
Trabajemos por el Maestro desde el alba al vislumbrar
Siempre hablemos de su amor y fiel bondad,
Cuando todo aquí fenezca y nuestra obra cese ya
Cuando sea pasada lista allí he de estar.
Nuestra iglesia era una iglesia escatológica. Lo que nos motivaba a predicar y servir era nuestro entendimiento del futuro divino. Si en ocasión podíamos caer en un escapismo o una escatología malsana, la realidad era que teníamos un frente compromiso con las personas a nuestro alrededor. Vivíamos a servíamos a la luz de la futura intervención divina, la segunda venida de Cristo y el juicio final.
Así que sigo cantando “El veinte de gloria” en la plena esperanza de que por la gracia y obra de Cristo Jesús cuando “sea pasada lista allí he de estar”.