La fiebre de la lotería
La semana pasada se jugó el premio de la lotería “Mega Millions” de los Estados Unidos. Se sabe que hubieron varios ganadores. También se sabe que el valor del “premio gordo” superó el valor de US$640 millones, haciéndolo el premio de lotería más grande en la historia del mundo.
Como siempre pasa cuando crece tanto una lotería, muchas personas que nunca comprarían un boleto lo están haciendo en esta ocasión. Por supuesto, la probabilidad de ganar el premio gordo es tan bajo que es más probable que lo “parta un rayo” o que muera en un accidente automovilístico a que compre el boleto ganador. Sin embargo, mucha gente hizo colas largas para comprar su boleto.
La pregunta que siempre se hace en este tipo de situación es: ¿qué harías se ganaras el premio? Los medios de comunicación social han entrevistado a muchos que hablan de comprar vehículos, casas, dejar trabajos o comprar algo que nunca han tenido. Casi todos hablan de hacer cambios profundos en sus vidas. Se da la impresión de que las personas asumen que el dinero les traería alguno que falta en sus vidas y que conseguir este “algo” les daría felicidad. Y tristemente, por lo general, son las personas pobres las que son más propensas a comprar boletos con dinero que necesitan para vivir, esperanzados de poder salir de su pobreza.
Para algunos cristianos comprar la lotería va en contra de su entendimiento del evangelio y de lo que Dios espera de los creyentes. Pero sospecho que muchos de nosotros secretamente quisiéramos ganar el premio. Tal vez hasta hemos orado y hemos prometido dar la mitad de lo ganado a la obra del Señor, si Dios nos permitiera ganar… Pero Dios no parece contestar.
La lotería hace suscitar muchas preguntas. ¿Por qué quiero ganar el dinero? ¿Qué asumo necesitar para ser feliz? ¿Será que el deseo de ganar refleja una indisposición a creer que Dios siempre provee lo necesario? ¿Será que mido el éxito y la felicidad por la cantidad de dinero que tengo?
Al fin y al cabo, la lotería me invita a soñar lo que podría ser. Pero también me puede quitar la paz y el contentamiento. Querer lo que no necesito fácilmente me impulsa hacia el materialismo, a creer que las cosas son de valor profundo y también a creer que la felicidad la voy a encontrar en lo que no tengo.
(Se publicó una versión en Protestante Digital el 1 de abril del 2012.)
Siendo que la posibilidad de ganar la lotería y la posibilidad de encontrar el boleto ganador tirado en la calle es casi igual, no compraré un boleto. Pero si me lo encuentro tirado… ¿lo tomaría como voluntad del Señor?