Posts tagged: sermón del monte

¿Cuánto vale mi palabra?

“… No juréis en ninguna manera…pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no…” (Mateo 5:32-37)

Vivimos en un mundo donde la honestidad brilla por su ausencia. Se nos venden productos a base de promesas que no se pueden cumplir. Los políticos nos comprometen con información a medias o con mentiras. Aun en la iglesia encontramos pastores y líderes que mienten utilizando la Palabra y se cubren bajo el manto de autoridad o posición. No nos debe sorprender que nadie le cree a nadie.

Cuando Jesús dijo las palabras en Mateo 5:32-37 los líderes religiosos de su día había desarrollado todo un proceso para “garantizar” la veracidad de la palabra de alguna persona. La fiabilidad del testimonio de una persona dependía de lo que estaba dispuesto a utilizar como base de su juramento. Era algo así como la costumbre entre algunos entre nosotros de jurar “por mi madre.” Se tomaba por sentado de que no se podía confiar en la palabra de alguna persona, apenas que estuviera dispuesta a jurar por algo de mucho valor espiritual. Se “tomada a Dios por testigo” en el asunto, asumiendo que la persona temería mentir si Dios era testigo. Parece que si no se tomaba a Dios por testigo no tenía porque temer mentir.

El día de hoy se nos llama a jurar sobre la Biblia o ante Dios como una manera de “garantizar” que la persona va a decir la verdad. También existe el temor del castigo si los sistemas legales pescan a la persona en una mentira. Todo esto nos confirma que solo se puede asegurar la veracidad de lo que dice alguna persona si existe el peligro de castigo, en esta vida o en la venidera.

Jesús invita a los ciudadanos del reino a ser personas que no necesitan jurar para persuadir a otros de la veracidad de su palabra. Nos llama a no jurar, a no hacernos parte de un juego en que la mentira y la verdad son negociables dependiendo del peligro o del castigo que podríamos recibir.

Ser “persona de palabra” es un valor que buscamos en otros, pero que nos cuesta practicar cuando nos encontramos en situaciones difíciles. Es más fácil mentir o contar medias verdades, siendo que no “juramos” decir la verdad. Siendo que así actúan nuestros líderes, es fácil justificarlo.

El jurar es para los que no se les puede confiar la palabra. Jesús nos invita a ser personas que nunca tienen que jurar, ni se les tiene que requerir el juramento porque la gente sabe que vamos a decir la verdad, aunque nos cueste.

El texto nos llama a ser personas transparentes en nuestra palabra. El mundo necesita el testimonio de creyentes a quienes no se les tiene que interpretar sus palabras para ver sin son fiables, ni cuestionar si están hablando “evangelásticamente”. ¿Qué contestarían nuestros amigos, familiares, hijos, compañeros de trabajo o hermanos en la iglesia si le fuéramos a hacer la pregunta que sirve de título de este artículo?

(El INTER, Octubre 2007)

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Una ofrenda agradable

“… Reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:24)

Luis Cardoza y Aragón, el poeta guatemalteco, dijo que “donde hay dos guatemaltecos se formarán tres partidos políticos”. Describía una realidad que no sólo se aplica a los guatemaltecos, sino a la mayoría de los latinos, incluyendo a los evangélicos. Nos cuesta trabajar juntos o apoyar el trabajo de otros, fácilmente nos apartamos de proyectos unidos, buscamos la unidad sólo cuando nuestra visión está en el centro y nos cuesta someternos los unos a los otros.

Este fenómeno tiene causas sociales, culturales e históricas. Nuestras divisiones como cristianos latinos también tienen muchas razones. Algunas son antiguas, divisiones denominacionales y teológicas que heredamos de otros y probablemente no vamos a resolver de este lado de la eternidad. Otras son diferencias que hemos creado nosotros mismos al dividirnos de otros y comenzar denominaciones y movimientos nuevos.

Tenemos muchas razones “espirituales” por las cuales estar separados y apartados de nuestros hermanos en la fe. “Ellos” no creen “correctamente”, no han sido “fieles” al evangelio o no “aceptan” la obra del Espíritu Santo al igual que “nosotros”. Estoy seguro de que se podrían dar muchas otras razones para explicar y justificar nuestras divisiones. Encima de todas está el temor de una unidad falsa que nos desvíe del camino del Señor.

En medio de estas divisiones tenemos la visión de Jesús de una iglesia unida. Juan 17 nos presenta la oración de Jesús por la unidad de la iglesia. Nuestra unidad es el testimonio principal que necesita el mundo y lo que más nos cuesta. También es lo que necesitamos como comunidad latina si hemos de responder a los grandes retos que nos confrontan. Necesitamos predicar el evangelio en palabra y hecho, respondiendo a las necesidades concretas de nuestro pueblo, sea la migración, la educación, la descomposición familiar o muchos otros problemas. No vamos a tener el impacto que Dios desea para nosotros, si no estamos dispuestos a trabajar juntos hacia lo que Dios está haciendo en el mundo.

Mateo 5:24 nos llama a reconocer que no podemos adorar verdaderamente a Dios si no estamos listos a reconciliarnos entre nosotros. Esto implica admitir que tenemos divisiones y separaciones entre nosotros que no glorifican a Dios. Todos estamos seguros que nosotros y nuestro movimiento están en lo correcto y que los “otros” están mal delante de Dios. Sin embargo, el pasaje nos llama a buscar al otro y reconciliarnos.

Los cristianos latinos necesitamos trabajar hacia reconciliación y la unidad. Los retos que confronta nuestra comunidad no tienen respuestas fáciles. Necesitamos ser sabios, atentos a la obra del Espíritu Santo, dispuestos a trabajar juntos hacia la misión integral de Dios en el mundo. Si tomamos en serio las palabras de Jesús en este pasaje, Dios podrá obrar grandes cosas en la comunidad latina. Esta es la ofrenda que desea el Señor de nosotros los latinos en los Estados Unidos.

(El Inter, Septiembre 2007)

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Testimonio transformador

Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo… una ciudad (Mateo 5:13-15)

Estos textos son un reto incómodo a mi vida. Nos invitan a pensar, de nuevo, sobre nuestra razón de ser como iglesia de Cristo Jesús. Jesús utiliza varias imágenes en Mateo 5 para describir nuestra misión aquí en la tierra. Inmediatamente después de hablar de la persecución Jesús describe a los creyentes como personas que deben tener un impacto en su mundo. Parece que Jesús nos dice que existe una relación entre nuestra disposición a sufrir por su causa y nuestro testimonio en el mundo.

Las imágenes de sal, luz y una ciudad describen el efecto transformador que deben tener los cristianos. Jesús nos describe como agentes de cambio en el mundo. En el tiempo de Jesús la sal se utilizaba para purificar y para preservar. Ser sal significa trabajar para que la sociedad no se degenere, ni se decomponga. La luz debe alumbrar el camino de los que no encuentran dirección para sus vidas. Y la ciudad nos habla de un testimonio público que puede ser visto por todos.

La invitación de Jesús no es tanto a una presencia pública, sino a un impacto público. Es posible que la oposición o la persecución limiten nuestra presencia pública. Sin embargo, nuestra vivencia, nuestra proclamación y nuestra participación social deben producir un cambio en nuestro mundo.

Esta responsabilidad transformadora nos invita a hacernos una serie de preguntas. ¿Qué piensan nuestros vecinos no creyentes de nuestra iglesia? ¿Qué papel jugamos como creyentes entre nuestros familiares no creyentes? ¿Qué impacto tenemos en las estructuras sociales locales, tales como las escuelas, los comercios, la policía, o el gobierno local? ¿Estamos cumpliendo con nuestra tarea transformadora? ¿Qué señales vemos de nuestro impacto?

Sabemos que vivimos en un mundo de pecado y que nunca veremos una transformación total hasta que Cristo sea Señor de todo. Pero ser sal, luz y una ciudad implica que trabajamos hacia la transformación dando señales del futuro divino. Dios nos invita a ser agentes de cambio trayendo bienestar tanto a creyentes como a no creyentes.

El proceso puede ser incómodo porque implica salir de nuestro mundo privado, a cambiar nuestra agenda que enfoca en lo nuestro y a buscar maneras de tener un impacto positivo en nuestro alrededor. Sea en el trabajo, las fiestas familiares, la escuela de nuestros hijos, las asociaciones de vecinos o en cualquier interacción pública, la invitación es de buscar maneras de traer cambios que bendigan a todos.

Nos invito estos días a pedirle al Señor que nos enseñe donde podemos tener un impacto transformador. Tal vez implique hacerle un bien a un vecino, comunicarse con los que educan a nuestros hijos, bendecir a nuestros colegas de trabajo, visitar al asilo de ancianos, invitar a un familiar distanciado a almorzar, participar en su asociación de vecinos o involucrarse en el gobierno local de su ciudad. Sea el acto que sea, que nuestra visión sea ser agentes de bien. Haciendo eso podremos cumplir con nuestra tarea de ser sal, luz y una ciudad.

(La versión original apareció en EL INTER, Febrero 2007)

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Cuando causamos persecusión

“Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan” (Mateo 5:11)

Hoy recibí una nota de Doris Torres, quien ha sido misionera en Turquía. Ella nos recordó sobre el sufrimiento que han pasado los cristianos en ese país. Esto se multipla en varios países musulmanes. Así que la  bienaventuranza de Mateo 5:11 parece tener aplicación a nuestros hermanos y hermanas que están sufriendo en el Medio Oriente.

Pero la situación se complica porque mucha de la persecusión es en respuesta a las acciones de cristianos en occidente. Desde el 11 de septiembre del 2001 muchos cristianos han hecho comentarios muy fuertes con relación al Islam. Algunos han medido sus comentarios, pero otros han dicho cosas muy groseras (y muchas veces falsas) sobre el Islam, cosas que son un insulto directo a los musulmanes. Mientras algunos buscan ayudar a los cristianos a entender la doctrina islámica y sus diferencias con la fe cristiana, otros parecen atacan sin medir las consecuencias. No sólo cierran puertas para la evangelización, sino que algunos también contribuyen a que los cristianos del Medio Oriente sufran en represalia a sus comentarios.

Esto se complica más con relación a las guerras actuales en el Medio Oriente. Muchos de los que han muerto de manos de los ejércitos occidentes o de Israel, particularmente en Palestina, El Líbano e Irak, son cristianos. Pero la mayoría de cristianos en occidente ni se da por enterado. Y los cristianos del Medio Oriente sufren de manos de los musulmanes quienes ven en los cristianos locales agentes de las políticas de occidente. Sin tomar postura sobre la mejor política en el Medio Oriente, lo que sí hace falta es que cristianos de occidente tomen en cuenta a sus hermanos y hermanas en la región al formular sus respuestas a la problemática en Irak, Palestina, El Líbano y otros lugares de la región.

Vivimos en un mundo globalizado donde nuestras acciones tienen repercusión alrededor de mundo. Tenemos hermanos y hermanas en todo el mundo. Muchos de ellos están sufriendo por causa de Cristo Jesús. Pero muchas veces su situación se hace más difícil por causa de palabras y acciones de cristianos que no miden las consecuencias de lo que hacen. Cristo llama bienaventurados a los que sufren por su causa. ¿Qué les diría a los cristianos que contribuyen al sufrimiento de otros cristianos por no tomar en cuenta las implicaciones de sus palabras, acciones o posturas políticas? Doris nos invita a recordar a nuestros hermanos y hermanas que están sufriendo por causa del evangelio en el Medio Oriente. También les invito a ser sensibles a su situación al hablar y al tomar posturas políticas sobre las situaciones complejas de esa región.

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Un manso “menso”

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)

Desde chico me inquietó esta bienaventuranza. Algunos creyentes a mi alrededor me decían: “Soy manso, pero no soy menso”. La implicación era clara. Era difícil tomar en serio esta palabra de Jesús porque daba la impresión de que el manso no entendía “la realidad de nuestro mundo”. Queríamos seguir a Cristo, pero no queríamos que la gente nos viera como “mensos”.

La bienaventuranza parece referirse al Salmo 37:11. Este salmo hace un contraste entre los que creen que ellos son el centro de su existencia y los que dependen plenamente de Dios. Los mansos del Salmo 37 no son personas débiles o pasivas, sino personas que han aprendido que su existencia no depende de ellos mismos, sino de Dios.

Vivimos en un mundo que celebra el poder, la fama, el dinero y la belleza. Parece ser que nuestro mundo es de los que tienen esas cosas. Los países poderosos se imponen sobre los débiles. Los medios masivos constantemente enfocan en los famosos. Tienen tanta influencia que aun los cristianos buscamos vestirnos como ellos y compramos lo que ellos nos recomiendan. Y de los que tienen dinero y belleza… ni se diga.

Jesús nos invita a reconocer que los valores que celebra nuestro mundo son efímeros. Parecen ser de valor supremo porque son vistos desde la perspectiva única de esta vida, sin tomar en cuenta el reino y los valores eternos. Si Dios no existe y no hay vida más allá de la muerte entonces son los poderosos, los famosos, los ricos y los bellos que se quedarán con la tierra.

Muchos cristianos vivimos como que en verdad no creemos en la resurrección de los muertos y la vida eterna. En vez de reconocer lo efímero de los valores de este mundo, pasamos nuestro tiempo persiguiéndolos y aun justificándolos como bendición divina. Muchos estudios han demostrado que los evangélicos en este país no vivimos diferentes de los que no se llaman evangélicos.

Esta bienaventuranza nos invita a celebrar la gracia divina, en vez de los valores de este mundo. El poder, la fama, el dinero y la belleza todos dependen de que unos tengan y otros se queden fuera. Pero el poder no crea seguridad, sino temor del que tiene más poder. La fama pasa. El dinero nunca es suficiente. Y todos nos pondremos viejos.

El manso tiene claro que lo más importante son los valores divinos. Vive en la libertad de no estar atado a valores que se acaban. Conoce la gracia de Dios que es para todos sin distinción de poder, fama, dinero o belleza. Cuando termine la historia humana, no serán los poderosos y los violentos los que se quedarán con la tierra, sino que serán los mansos que se sentarán con el Cordero “manso y humilde”. La invitación de esta bienaventuranza es vivir hoy como que creemos en ese futuro divino. Aunque me digan “menso”, quiero ser manso, por la gracia de Dios.

(EL INTER, Septiembre 2006)

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Bienaventurados los pacificadores

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9)

Las noticias de estos días están enfocadas en la guerra en el Medio Oriente. Aquí en Estados Unidos la gran mayoría, incluyendo a líderes cristianos, defienden el derecho de Israel, mientras que para la mayoría en el mundo musulmán, Israel es visto como el causante del problema, particularmente por su trato hacia los palestinos. Y la respuesta de los dos lados es justificar la violencia contra el otro. Siendo que los dos están seguros que su causa es justa y que Dios está de su lado el quitarle la vida a inocentes o destruir la infraestructura de otros es visto como legítimo. Algunos cristianos hasta parecen estar contentos con la guerra siendo que la ven como posible señal de la pronta venida de Cristo.

Pero es ese Cristo que esperamos el que nos da la bienaventuranza de Mateo 5:9. Vivimos en un mundo de pecado y sabemos que las guerras son causadas por el pecado humano (Santiago 4:1-2). También sabemos que el que toma la espada, perecerá por ella (Mateo 26:52). Sin embargo, Cristo viene predicando un mensaje de reconciliación, primero con Dios, luego entre humanos, con la creación y con nosotros mismos. Como seguidores de Cristo Jesús somos llamados a ser agentes de esa reconciliación (2 Corintios 5:17-21).

En el Sermón del Monte Cristo llama bienaventurada a la persona que está dispuesta a buscar la paz entre los que están en conflicto. Esto es difícil en cualquier tipo de conflicto, sea personal o internacional. Quien opta por buscar la reconciliación muchas veces será visto como un idealista que “no entiende las realidades de nuestro mundo” o como uno que favorece al “enemigo”.

Para recibir la bendición de ser llamados hijos de Dios necesitamos intervenir donde hay conflicto. En primer lugar, debemos estar orando que Dios traiga paz y justicia a toda situación donde no la hay hoy. Pero también necesitamos estar dispuestos a ser agentes de reconciliación en situaciones difíciles. Tal vez sea ayudando a una pareja o familia que está en conflicto. Posiblemente signifique ser parte de los esfuerzos por traer reconciliación entre jóvenes latinos y afro-americanos en Los Angeles. O tal vez Dios quiere que usted se involucre directamente en buscar la reconciliación entre palestinos e israelís. Ninguna de estas opciones serán fáciles y tal vez su participación lo ponga en peligro. Pero es allí donde Dios está invitando a personas que desean esta bendición. Ya hay hermanas y hermanos siendo pacificadores en cada una de estas situaciones. [Oremos que Dios les ayude a ser agentes de paz entre gente que se odia.]

Creo que muchos de nosotros no queremos esta bienaventuranza. Cuesta demasiado caro predicar la esperanza del evangelio en situaciones de conflicto o guerra. A Cristo le costó morir en la cruz. Pero es en el proceso de buscar la reconciliación entre parejas, entre latinos y afro-americanos o entre israelís y palestinos donde demostramos la realidad del evangelio que predicamos. Busquemos la bendición de ser llamados hijos e hijas de Dios.

(Originalmente en EL INTER, Agosto 2006)

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Las bienaventuranzas de nuestra sociedad

Quisiera proponer una serie de bienaventuranzas que reflejen los valores de nuestra sociedad, valores que también se ven reflejados en algunas de nuestras predicaciones.

Bienaventurados los poderosos, porque ellos conseguirán lo que quieren.
Bienaventurados los de personalidades carismáticas, porque ellos serán escuchados.
Bienaventurados los siempre están en victoria y nunca tienen que llorar.
Bienaventurados los que tienen hambre de más bienes materiales, porque ellos alcanzarán todo lo que nuestra sociedad considera importante.
Bienaventurados los que se imponen sobre otros, porque ellos tendrán poder y posición en la sociedad y en la iglesia.
Bienaventurados los que nunca admiten sus pecados, porque muchos creerán que son perfectos.
Bienaventurados los que nunca sufren, porque ésta es la prueba de que tienen la bendición de Dios.
Bienaventurados los que son celebrados y alabados por su espiritualidad, porque ellos se han ganado la bendición social.

Jesús comenzó el Sermón del Monte con una serie de bienaventuranzas. La lista en Mateo 5:1-16 (y Lucas 6:20-26) nos presenta los valores del reino de Dios. Lo que resalta de la lista es que Jesús presenta una contrapropuesta a lo que las sociedades humanas consideran importante. Bendice a los “fracasados” y a quienes trabajan a favor de valores que la sociedad no considera claves. En la gracia divina se reconoce lo que muchos consideran señales de debilidad y fracaso.

Esto nos confronta con las preguntas: ¿Cómo sé que Dios me está bendiciendo? ¿Qué galardón estoy buscando?

Jesús nos confrontó con el hecho de que mucho de lo que consideramos “bueno” en nuestra sociedad no llega al fondo del compromiso que él busca desarrollar en sus seguidores. Jesús no nos está llamando a ser gente buena, sino a ser gente diferente. Ser bueno es tratar bien al que me trata bien. Ser seguidor de Jesucristo implica amar y servir al enemigo. Ayudar al necesitado es bueno, dar anónimamente es ser seguidor/a de Cristo Jesús. Podríamos hacer una lista muy larga de contrastes como estos. Pero lo más importante no es hacer listas, sino de reconocer la diferencia entre lo “bueno” de nuestra sociedad y los valores del reino de Dios.

Las bienaventuranzas nos sirven como una invitación a reordenar nuestros valores como seguidores de Cristo Jesús. El éxito en el reino no se ha de medir por lo que acumulo, ni el reconocimiento que obtengo, sino por buscar el bien de otros y estar dispuesto y dispuesta a sufrir por la causa de Cristo y la justicia. Bienaventurados los que estamos dispuestos a tomar esto en serio.

(Publicado originalmente en EL INTER, Marzo 2006)

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