Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo… una ciudad (Mateo 5:13-15)
Estos textos son un reto incómodo a mi vida. Nos invitan a pensar, de nuevo, sobre nuestra razón de ser como iglesia de Cristo Jesús. Jesús utiliza varias imágenes en Mateo 5 para describir nuestra misión aquí en la tierra. Inmediatamente después de hablar de la persecución Jesús describe a los creyentes como personas que deben tener un impacto en su mundo. Parece que Jesús nos dice que existe una relación entre nuestra disposición a sufrir por su causa y nuestro testimonio en el mundo.
Las imágenes de sal, luz y una ciudad describen el efecto transformador que deben tener los cristianos. Jesús nos describe como agentes de cambio en el mundo. En el tiempo de Jesús la sal se utilizaba para purificar y para preservar. Ser sal significa trabajar para que la sociedad no se degenere, ni se decomponga. La luz debe alumbrar el camino de los que no encuentran dirección para sus vidas. Y la ciudad nos habla de un testimonio público que puede ser visto por todos.
La invitación de Jesús no es tanto a una presencia pública, sino a un impacto público. Es posible que la oposición o la persecución limiten nuestra presencia pública. Sin embargo, nuestra vivencia, nuestra proclamación y nuestra participación social deben producir un cambio en nuestro mundo.
Esta responsabilidad transformadora nos invita a hacernos una serie de preguntas. ¿Qué piensan nuestros vecinos no creyentes de nuestra iglesia? ¿Qué papel jugamos como creyentes entre nuestros familiares no creyentes? ¿Qué impacto tenemos en las estructuras sociales locales, tales como las escuelas, los comercios, la policía, o el gobierno local? ¿Estamos cumpliendo con nuestra tarea transformadora? ¿Qué señales vemos de nuestro impacto?
Sabemos que vivimos en un mundo de pecado y que nunca veremos una transformación total hasta que Cristo sea Señor de todo. Pero ser sal, luz y una ciudad implica que trabajamos hacia la transformación dando señales del futuro divino. Dios nos invita a ser agentes de cambio trayendo bienestar tanto a creyentes como a no creyentes.
El proceso puede ser incómodo porque implica salir de nuestro mundo privado, a cambiar nuestra agenda que enfoca en lo nuestro y a buscar maneras de tener un impacto positivo en nuestro alrededor. Sea en el trabajo, las fiestas familiares, la escuela de nuestros hijos, las asociaciones de vecinos o en cualquier interacción pública, la invitación es de buscar maneras de traer cambios que bendigan a todos.
Nos invito estos días a pedirle al Señor que nos enseñe donde podemos tener un impacto transformador. Tal vez implique hacerle un bien a un vecino, comunicarse con los que educan a nuestros hijos, bendecir a nuestros colegas de trabajo, visitar al asilo de ancianos, invitar a un familiar distanciado a almorzar, participar en su asociación de vecinos o involucrarse en el gobierno local de su ciudad. Sea el acto que sea, que nuestra visión sea ser agentes de bien. Haciendo eso podremos cumplir con nuestra tarea de ser sal, luz y una ciudad.
(La versión original apareció en EL INTER, Febrero 2007)