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“Tuyo soy Jesús”

Una señal de la vejez es que uno comienza a añorar lo que fue. Me crié en un pueblo pobre y campesino y me formé en una iglesia de gente sencilla. Cantábamos alabanzas con gozo, aunque en ocasiones ni bien entendíamos la letra. A lado de mi Biblia estuvieron los himnarios Himnos de Gloria, Himnos de la Vida Cristiana e Himnos de Fe y Alabanza.

Esos himnos marcaron mi fe y fueron mis primeras reflexiones teológicas. Ya de adulto tengo que hacerme preguntas sobre la teología de algunos de los himnos que cantábamos. Pero Dios ha utilizado muchos de esos himnos en mi vida a través de los años. En las siguientes semanas ocasionalmente haré referencia a algún himno que Dios ha estado utilizando en mi vida hoy.

En estos días el Señor me ha estado invitando a acercarme de nuevo a El a través del himno Tuyo soy Jesús. Este himno es mi llamado y mi deseo. En particular recuerdo el coro y la segunda estrofa (la versión de Himnos de Gloria).

CORO

Aún más cerca, cerca de tu cruz:

Llévame, ¡Oh Salvador!

Aún más cerca, cerca, cerca de tu cruz,

Llévame, ¡oh buen Pastor!


A seguirte a ti me consagro hoy,

Constreñido por tu amor,

Y mi espíritu, alma y cuerpo doy

Por servirte, mi Señor.

Señor, quiero acercarme a ti y se que el camino es tu cruz. Me doy a ti para que me utilices. Tu amor me llama, aquí estoy Señor. Confieso que como dice la última estrofa, no voy a entender la profundidad del amor del Señor hasta que “gozoso esté en gloriosa eternidad”. Pero hoy quiero me acerco porque se que en la cruz se demuestra la profunidad del amor del Señor y también el camino para acercarme a El.

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“No soy monedita de oro…”

Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos … (Mateo 7:12)

El dicho que sirve de título lo utilizamos para explicar el porqué de problemas interpersonales. Al fin y al cabo no soy monedita de oro así que no les puedo dar gusto a todos. Siendo que no me puedo congeniar con todos, entonces no necesito hacer cambios en mi manera de ser para llevarme mejor con otros. En última instancia el problema fundamental está con “ellos”.

El dicho de Jesús en Mateo 7:12, llamado la regla de oro, me invita a ver la cosa desde otra perspectiva. Es verdad que no les podemos dar gusto a todos. Sin embargo, Jesús me invita a tratar aun a los más difíciles como yo querría ser tratado. La medida que debo utilizar no es el trato que recibo, sino el trato que deseo. Y la implicación clara es que debo seguir tratando bien al otro aunque nunca vea un cambio en su trato hacia mí.

La realidad es que muchas veces vivo conforme al dicho de la monedita de oro y no conforme a la regla de oro. Hay ciertas personas que sencillamente me cuesta tratarlas, así que opto por evitarlas. Y cuando tengo que tratarlas lo hago en la forma más rápida y formal posible. Confieso que en ocasiones hasta quisiera que ese fuera el trato que tuvieran conmigo, corto y formal.

Por otro lado, tengo muchas escusas para no aplicar la regla de oro con algunas personas. Hay personas que se aprovechan de mi cortesía y buena voluntad. También hay otros que tienen personalidades ásperas, personas que siempre responden en formas cortantes o que claramente están buscando hacerme mal.

Sin embargo, el Señor nos está llamando a vivir como discípulos suyos, a ser personas que no nos dejamos definir por las acciones del otro o la otra, sino que vivimos conforme al camino de Jesús. La regla de oro es una invitación a la libertad radical de no darles control de mis acciones y mis sentimientos a otros, sino permitir que el Espíritu Santo guíe mi vida y me haga más como Cristo.

La regla de oro no se debe ver como una forma de manipulación, sino como una invitación. Yo no voy a hacer lo bueno para que tú te sientas culpable y me trates bien, ni voy a parar si tú nunca me tratas bien. Te trato como quisiera ser tratado porque soy seguidor de Cristo Jesús y deseo invitarte a vivir de la misma manera, libre de los controles y manipulaciones emocionales, sicológicas y físicas de otros.

Así que pido que el Espíritu Santo me de el poder para vivir la regla de oro. Entonces podré ser monedita de oro, pero del oro del reino que puede bendecir a otros eternamente. Y si en el proceso algunos también me bendicen a mí, lo disfrutaré dando gracias a Dios.

(Se publicó una versión en EL INTER, Mayo 2009)

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Jesús, el oculista

No juzguéis, para que no seáis juzgados … (Mateo 7:1-5)

Un dicho de mis antepasados afirma que la “culpa nunca cae a tierra”. Siempre podemos encontrar a quien echarle la culpa cuando ocurre algún problema y todos tenemos la habilidad de identificar las debilidades del otro. A la hora de ver los pecados de los otros todos tenemos una vista de 20/20.

En Mateo 7:1-5 Jesús hace de oculista para demostrarnos el problema que confrontamos los humanos al analizar los pecados de los demás. Utiliza el humor y la exageración para ayudarnos a vernos a nosotros mismos. Jesús habla de “paja” y “vigas” en los ojos para confrontarnos con una verdad demasiado incómoda: muchas veces condeno en otros cosas que no quiero reconocer en mi propia vida. Jesús llama esto hipocresía y nos invita a vernos a nosotros mismos primero, antes de querer “ayudar” al otro.

Este problema de vista se repite a todos los niveles de la vida. En este momento estamos en medio de una de las crisis económicas más grandes de la historia moderna y los políticos están buscando maneras de culpar al “otro”. En este país los demócratas culpan a los republicanos y viceversa. A nivel mundial unos culpan a China, otros a los países que producen petróleo y casi todos le echan la culpa a los Estados Unidos, directa o indirectamente.

A nivel social todos estamos lamentando la desintegración social y familiar, pero todos culpamos al otro. Los cristianos le echamos la culpa a Hollywood y otros le echan la culpa a la iglesia. Parece que nadie puede ver su propia parte en la crisis social actual. En las iglesias también repetimos este patrón. Es la otra iglesia, el otro pastor, o el otro líder quien anda mal delante de Dios y nosotros somos los fieles.

Por supuesto que esto también lo hacemos a nivel personal. Todos estamos dispuestos a “orar” por la otra persona, compartiendo (“chismeando”) las necesidades de quien anda mal. Todos estamos propensos a sacarle la “paja” al otro sin darme cuenta que la “viga” en mi ojo está le haciendo mucho daño a muchas personas.

Jesús nos invita a un examen de ojos. Necesito reconocer que muchas veces lo que veo en la otra persona es un reflejo de lo que está en mi propio ser. El pecado que denuncio en alguien más tal vez está profundamente arraigado en mí y no lo puedo ver o no lo quiero reconocer. La siguiente vez que esté listo a denunciar el mal que veo en otra persona, pidámosle al Señor que nos haga un examen de vista para ver si la paja que estoy viendo en el otro es en verdad un reflejo de la viga que estoy cargando yo. Si permitimos que el Espíritu Santo cure nuestra propia vista, entonces podremos ver con más cuidado para poder verdaderamente ayudar a nuestros hermanos y hermanas.

Yo reconozco que necesito pasar por la oficina del oculista hoy mismo.

(Tomado del EL INTER, Marzo 2009)

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¿Le hubiera creído usted a María? – Reflexiones navideñas

Las amistades y todos mis parientes
Fueron las gentes que yo relacioné
Me aborrecieron por causa de su nombre
Cuando supieron que a Cristo me entregué.

Por lo general no cantamos el himno Hay una senda para Navidad. Nuestra escena navideña es una de paz, gozo y tranquilidad. Vemos a un niño dormido, unos ángeles cantando, magos con regalos y como dice el himno navideño, ¡Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor!

Sin embargo, la historia navideña tiene otro lado, la inseguridad y el riesgo de estar dispuesto/a a obedecer a Dios, pase lo que pase. En la primera navidad, María estuvo dispuesta a tomar un gran riesgo para ser utilizada por el Señor. Y su vida nos invita a también estar dispuestas/os a arriesgarnos por la causa de Cristo.

Los eventos navideños relatados por Lucas (1:26-38) abren a una escena idílica, una señorita comprometida a casarse. ¿Cuántas Marías habría entre la gente pobre de Israel? En sí, no tendríamos porque saber mayor cosa sobre esta María. Sube el telón a un momento de expectativa. María se va a casar, con toda la alegría, esperanza, sueños y planes que eso implica. En sí, parece una escena de la vida normal. Fácilmente se pudiera repetir esto en cualquier otro lugar.

Pero a esta escena serena entra un mensajero inesperado (vs. 28,29). Conocemos esas palabras “¡Salve, muy favorecida! . . . Bendita tú entre las mujeres” Son palabras de bendición, pero también palabras que vienen a interrumpir la vida de María. Por eso el pasaje nos dice que ella se turba. La idea es fuerte; María se pone nerviosa, asustada, al fin y al cabo no es todos los días que alguien recibe a un ángel en casa y menos con un mensaje como éste.

El ángel la calma y le presenta un privilegio único, ser la madre del Mesías prometido (vs. 30-33). El niño será de la línea de David y será el cumplimiento de las promesas hechas a Israel. A María se le está invitando a ser parte del gran plan de Dios para la humanidad.

Todo indica que María está dispuesta. Pero encuentra un pequeño problema (v. 34), los niños no le nacen a vírgenes. María está lista a ser utilizada por Dios, pero no ve la salida a la imposibilidad. El ángel le propone una solución milagrosa, el Espíritu Santo, como la nube del Antiguo Testamento, la cubrirá y ella dará a luz un hijo (vs. 35-37). La prueba de que Dios puede obrar de esta manera es el embarazo de su prima Elisabet, la anciana que está por dar a luz fuera del tiempo normal para las mujeres.

María responde con un sí sencillo “he aquí la sierva del Señor” (v. 38). Pero es desde ese sí que nace la pregunta de este artículo. Imagínese que María es una joven líder de su iglesia. Está comprometida a casar con José, el líder del grupo de alabanza. De repente se escucha que María está encinta, José dice que no es el padre y María dice que es obra del Espíritu Santo. ¿Le hubiera creído Ud. a María? Es fácil decir que sí, siendo que el evento ocurrió hace dos mil años. Pero la realidad es que la mayoría de nosotros no le hubiéramos creído. Algunos la hubiéramos condenado por su “pecado”, otros la hubiéramos acompañado, demostrándole amor y cuidado. Y si somos honestos algunos también hubiéramos chismeado o hecho chistes sobre quien sería ese “espíritu santo”.

Al decir que sí al ángel, María estaba aceptando que toda su vida sería cambiada. No le tocaría vivir esa vida sencilla como esposa y madre que ella probablemente había soñado tener con José. Los sueños y planes para la boda tendrían que desaparecer. Aún José no estaba seguro que hacer con esta situación hasta que también recibió una visión que le explicó lo que había pasado (Mt. 1:18-25). María siempre quedaría tildada por un segmento de la sociedad, siempre estaría la insinuación de que Jesús era hijo de fornicación (Jn. 8:41). Pero María dijo que sí. Estuvo dispuesta a arriesgar todo por unirse a lo que Dios estaba haciendo en el mundo. La historia de la navidad sigue porque una joven sencilla dijo que sí, costara lo que costara.

La historia de María es una de fe, riesgo y amor. Admiramos hoy a María y hoy todos podemos decir que sí le creemos. Pero su ejemplo nos recuerda que la navidad no sólo es un recordatorio de lo que hizo Dios en Cristo, sino también una invitación al riesgo de unirnos a lo que Dios está haciendo en el mundo hoy.

Algunos han vivido el testimonio relatado en la segunda estrofa de Hay una senda, que se cita al principio de este artículo. Han tenido que vivir con las burlas y cuestionamientos de los suyos al decidir seguir el camino de Cristo Jesús. Otros han tomado grandes riesgos, y aún han perdido la vida, para poder dar testimonio, en palabra y hecho, de la obra de Cristo Jesús. Aún otros han dado sus vidas para servir a los ignorados por la sociedad o por denunciar el pecado y la injusticia en todas sus manifestaciones.

Muchos de nosotros nunca nos encontraremos en una situación tan difícil. Pero el Señor también nos invita al riesgo, el riesgo de una fe que cree que Dios está obrando en nuestro mundo hoy. Tal vez implique creer que Dios puede obrar en mi propia vida, trayendo cambios que parecen imposibles. O creer que Dios sí puede cambiar a mi cónyuge, a mis hijos o a mis jefes a veces injustos. Puede ser un llamado a dar nuestro esfuerzo, dinero y tiempo para servir a otros en nombre de Cristo. Para muchos de nosotros será el compromiso de creer que Dios nos quiere utilizar allí donde estamos ahora, con nuestra familia, en nuestros trabajos, en nuestra comunidad y en nuestro mundo. Unirnos a lo que Dios está haciendo en el mundo es aceptar el riesgo de caminar en fe, sabiendo que Dios se hace presente aún en las situaciones más imposibles.

Hoy podemos celebrar el nacimiento de Cristo Jesús y su salvación porque una mujer sencilla llamada María le dijo “sí” al Señor. Al estar celebrando escuchemos la voz de Dios invitándonos a unirnos a lo que El está haciendo en el mundo hoy. El Señor puede utilizar en gran manera a los que decimos que sí.

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“Recuerdos de mocedad”

La semana pasada mi esposa, Olga, y yo fuimos a un concierto de Mocedades. Hacía años que teníamos ganas de escucharlos en persona y por fin tuvimos la oportunidad. Mocedades era nuestro grupo favorito cuando estábamos recién casados hace ya casi 30 años. Disfrutamos muchos el concierto, pero tuve que recordar que ya no soy mozo. La gran mayoría de los que estuvimos en el concierto hemos estado escuchando a Mocedades por muchos años.

Soy parte de esa generación que formó su consciencia cristiana y social con la ayuda del folk, la música protesta y el canto nuevo. Estos estilos de música fueron un descubrimiento clave en la formación de este latino estadounidense. Doy gracias a Dios por haber conseguido una herramienta que me ayudó a unir mis perspectivas sociales y mi entendimiento del seguimiento a Cristo Jesús.

Sin embargo, el concierto también me hizo recordar que ni soy mozo, ni es esta música la que está formando a una generación nueva. Fue poderosa en mi generación para ahora me toca apoyar a la nueva generación de músicos “proféticos” que están invitando a la nueva generación de jóvenes tener consciencia cristiana que responda a la realidad de su mundo.

Le quiero hacer una pregunta a las personas más jóvenes: ¿quiénes los profetas musicales que les están ayudando a formar su compromiso cristiano en el mundo? Yo podría formar una lista de los que yo “el viejo” asumo son esas voces. Pero me gustaría escuchar de ustedes. Quiero escuchar las nuevas voces, aunque reconozco que sigo con mis “recuerdos de mocedad”.

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Sotomayor y el papel de la comunidad evangélica latina

Ayer fue confirmada Sonia Sotomayor como juez a la Corte Suprema de los Estados Unidos. ¡Felicidades! Oramos que Dios le de mucha sabiduría en esta tarea demasiado compleja.

Su nombramiento ha suscitado expectativas y temor con relación a la comunidad latina. Por un lado ella representa la creciente influencia de los que ya somos la minoría más grande en los Estados Unidos. Pero su nombramiento también suscitado un temor entre algunos de la cultura mayoritaria. Algunos en los medios masivos la han acusado de ser racista contra la comunidad blanca. Tal es la influencia de algunas de estas voces que presionaron a la mayoría de los senadores republicanos a votar en su contra. (Dichas voces también están llamando anti-blanco al presidente Obama.)

Por un lado la presidencia Obama y el nombramiento de Sotomayor representan la esperanza de que los Estados Unidos está rompiendo con su legado de racismo. Pero también están creando temor entre aquellos que ven el crecimiento de las comunidades minoritarias como una amenaza.

El evangelio nos llama a ser agentes de reconciliación. ¿Qué podemos hacer la comunidad evangélica latina podrá utilizar nuestra creciente influencia para crear puentes hacia aquellas personas que temen nuestro crecimiento e influencia? Nos invito a considerar maneras concretas en que podemos contribuir a la conversación sobre la reconciliación nacional.

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¿Fin de una Estados Unidos cristiano? Otras voces

Hoy me tocó leer otros comentarios sobre el artículo de Newsweek sobre The End of Christian America. Les invito a leer el comentario de Carlos Malavé en la nota anterior como también el blog de mi colega Craig Detweiler (The End of Christian America: A Way Forward) del Seminario Fuller.

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Testimonio transformador

Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo… una ciudad (Mateo 5:13-15)

Estos textos son un reto incómodo a mi vida. Nos invitan a pensar, de nuevo, sobre nuestra razón de ser como iglesia de Cristo Jesús. Jesús utiliza varias imágenes en Mateo 5 para describir nuestra misión aquí en la tierra. Inmediatamente después de hablar de la persecución Jesús describe a los creyentes como personas que deben tener un impacto en su mundo. Parece que Jesús nos dice que existe una relación entre nuestra disposición a sufrir por su causa y nuestro testimonio en el mundo.

Las imágenes de sal, luz y una ciudad describen el efecto transformador que deben tener los cristianos. Jesús nos describe como agentes de cambio en el mundo. En el tiempo de Jesús la sal se utilizaba para purificar y para preservar. Ser sal significa trabajar para que la sociedad no se degenere, ni se decomponga. La luz debe alumbrar el camino de los que no encuentran dirección para sus vidas. Y la ciudad nos habla de un testimonio público que puede ser visto por todos.

La invitación de Jesús no es tanto a una presencia pública, sino a un impacto público. Es posible que la oposición o la persecución limiten nuestra presencia pública. Sin embargo, nuestra vivencia, nuestra proclamación y nuestra participación social deben producir un cambio en nuestro mundo.

Esta responsabilidad transformadora nos invita a hacernos una serie de preguntas. ¿Qué piensan nuestros vecinos no creyentes de nuestra iglesia? ¿Qué papel jugamos como creyentes entre nuestros familiares no creyentes? ¿Qué impacto tenemos en las estructuras sociales locales, tales como las escuelas, los comercios, la policía, o el gobierno local? ¿Estamos cumpliendo con nuestra tarea transformadora? ¿Qué señales vemos de nuestro impacto?

Sabemos que vivimos en un mundo de pecado y que nunca veremos una transformación total hasta que Cristo sea Señor de todo. Pero ser sal, luz y una ciudad implica que trabajamos hacia la transformación dando señales del futuro divino. Dios nos invita a ser agentes de cambio trayendo bienestar tanto a creyentes como a no creyentes.

El proceso puede ser incómodo porque implica salir de nuestro mundo privado, a cambiar nuestra agenda que enfoca en lo nuestro y a buscar maneras de tener un impacto positivo en nuestro alrededor. Sea en el trabajo, las fiestas familiares, la escuela de nuestros hijos, las asociaciones de vecinos o en cualquier interacción pública, la invitación es de buscar maneras de traer cambios que bendigan a todos.

Nos invito estos días a pedirle al Señor que nos enseñe donde podemos tener un impacto transformador. Tal vez implique hacerle un bien a un vecino, comunicarse con los que educan a nuestros hijos, bendecir a nuestros colegas de trabajo, visitar al asilo de ancianos, invitar a un familiar distanciado a almorzar, participar en su asociación de vecinos o involucrarse en el gobierno local de su ciudad. Sea el acto que sea, que nuestra visión sea ser agentes de bien. Haciendo eso podremos cumplir con nuestra tarea de ser sal, luz y una ciudad.

(La versión original apareció en EL INTER, Febrero 2007)

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