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Golpear a inmigrantes no trae consecuencias

El jueves pasado el fiscal de Los Angeles decidió no acusar a ningún policía de crimen después de los eventos del 1º de mayo del 2007 (Prosecutors won’t charge cops in LA May Day melee). La ciudad ha pagado millones de dólares para compensar a las víctimas, pero sólo un policía ha sufrido castigo por lo que pasó, una suspensión de 20 días.

Esta decisión refleja el ambiente en que estamos viviendo. Estamos en un limbo legal en el cual los inmigrantes, los que caminamos con ellos, no tenemos una posición legal clara. Las autoridades pueden maltratar a personas que están marchando con permisos legales, sin sufrir consecuencias.

Esto nos tiene que inquietar. La actitud nacional sigue siendo de doble cara. Nadie quiere lidiar con la realidad de que los inmigrantes están aquí porque hay oportunidades de empleo y porque nuestras políticas económicas han lastimado las economías de sus países. Tampoco queremos reconocer que sí pagan impuestos y que están pagando mucho más que lo que reciben en ayuda.

La decisión del fiscal de Los Angeles nos reta a seguir trabajando para conseguir una reforma migratoria justa e integral.

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Un manso “menso”

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)

Desde chico me inquietó esta bienaventuranza. Algunos creyentes a mi alrededor me decían: “Soy manso, pero no soy menso”. La implicación era clara. Era difícil tomar en serio esta palabra de Jesús porque daba la impresión de que el manso no entendía “la realidad de nuestro mundo”. Queríamos seguir a Cristo, pero no queríamos que la gente nos viera como “mensos”.

La bienaventuranza parece referirse al Salmo 37:11. Este salmo hace un contraste entre los que creen que ellos son el centro de su existencia y los que dependen plenamente de Dios. Los mansos del Salmo 37 no son personas débiles o pasivas, sino personas que han aprendido que su existencia no depende de ellos mismos, sino de Dios.

Vivimos en un mundo que celebra el poder, la fama, el dinero y la belleza. Parece ser que nuestro mundo es de los que tienen esas cosas. Los países poderosos se imponen sobre los débiles. Los medios masivos constantemente enfocan en los famosos. Tienen tanta influencia que aun los cristianos buscamos vestirnos como ellos y compramos lo que ellos nos recomiendan. Y de los que tienen dinero y belleza… ni se diga.

Jesús nos invita a reconocer que los valores que celebra nuestro mundo son efímeros. Parecen ser de valor supremo porque son vistos desde la perspectiva única de esta vida, sin tomar en cuenta el reino y los valores eternos. Si Dios no existe y no hay vida más allá de la muerte entonces son los poderosos, los famosos, los ricos y los bellos que se quedarán con la tierra.

Muchos cristianos vivimos como que en verdad no creemos en la resurrección de los muertos y la vida eterna. En vez de reconocer lo efímero de los valores de este mundo, pasamos nuestro tiempo persiguiéndolos y aun justificándolos como bendición divina. Muchos estudios han demostrado que los evangélicos en este país no vivimos diferentes de los que no se llaman evangélicos.

Esta bienaventuranza nos invita a celebrar la gracia divina, en vez de los valores de este mundo. El poder, la fama, el dinero y la belleza todos dependen de que unos tengan y otros se queden fuera. Pero el poder no crea seguridad, sino temor del que tiene más poder. La fama pasa. El dinero nunca es suficiente. Y todos nos pondremos viejos.

El manso tiene claro que lo más importante son los valores divinos. Vive en la libertad de no estar atado a valores que se acaban. Conoce la gracia de Dios que es para todos sin distinción de poder, fama, dinero o belleza. Cuando termine la historia humana, no serán los poderosos y los violentos los que se quedarán con la tierra, sino que serán los mansos que se sentarán con el Cordero “manso y humilde”. La invitación de esta bienaventuranza es vivir hoy como que creemos en ese futuro divino. Aunque me digan “menso”, quiero ser manso, por la gracia de Dios.

(EL INTER, Septiembre 2006)

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Bienaventurados los pacificadores

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9)

Las noticias de estos días están enfocadas en la guerra en el Medio Oriente. Aquí en Estados Unidos la gran mayoría, incluyendo a líderes cristianos, defienden el derecho de Israel, mientras que para la mayoría en el mundo musulmán, Israel es visto como el causante del problema, particularmente por su trato hacia los palestinos. Y la respuesta de los dos lados es justificar la violencia contra el otro. Siendo que los dos están seguros que su causa es justa y que Dios está de su lado el quitarle la vida a inocentes o destruir la infraestructura de otros es visto como legítimo. Algunos cristianos hasta parecen estar contentos con la guerra siendo que la ven como posible señal de la pronta venida de Cristo.

Pero es ese Cristo que esperamos el que nos da la bienaventuranza de Mateo 5:9. Vivimos en un mundo de pecado y sabemos que las guerras son causadas por el pecado humano (Santiago 4:1-2). También sabemos que el que toma la espada, perecerá por ella (Mateo 26:52). Sin embargo, Cristo viene predicando un mensaje de reconciliación, primero con Dios, luego entre humanos, con la creación y con nosotros mismos. Como seguidores de Cristo Jesús somos llamados a ser agentes de esa reconciliación (2 Corintios 5:17-21).

En el Sermón del Monte Cristo llama bienaventurada a la persona que está dispuesta a buscar la paz entre los que están en conflicto. Esto es difícil en cualquier tipo de conflicto, sea personal o internacional. Quien opta por buscar la reconciliación muchas veces será visto como un idealista que “no entiende las realidades de nuestro mundo” o como uno que favorece al “enemigo”.

Para recibir la bendición de ser llamados hijos de Dios necesitamos intervenir donde hay conflicto. En primer lugar, debemos estar orando que Dios traiga paz y justicia a toda situación donde no la hay hoy. Pero también necesitamos estar dispuestos a ser agentes de reconciliación en situaciones difíciles. Tal vez sea ayudando a una pareja o familia que está en conflicto. Posiblemente signifique ser parte de los esfuerzos por traer reconciliación entre jóvenes latinos y afro-americanos en Los Angeles. O tal vez Dios quiere que usted se involucre directamente en buscar la reconciliación entre palestinos e israelís. Ninguna de estas opciones serán fáciles y tal vez su participación lo ponga en peligro. Pero es allí donde Dios está invitando a personas que desean esta bendición. Ya hay hermanas y hermanos siendo pacificadores en cada una de estas situaciones. [Oremos que Dios les ayude a ser agentes de paz entre gente que se odia.]

Creo que muchos de nosotros no queremos esta bienaventuranza. Cuesta demasiado caro predicar la esperanza del evangelio en situaciones de conflicto o guerra. A Cristo le costó morir en la cruz. Pero es en el proceso de buscar la reconciliación entre parejas, entre latinos y afro-americanos o entre israelís y palestinos donde demostramos la realidad del evangelio que predicamos. Busquemos la bendición de ser llamados hijos e hijas de Dios.

(Originalmente en EL INTER, Agosto 2006)

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