Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)
Desde chico me inquietó esta bienaventuranza. Algunos creyentes a mi alrededor me decían: “Soy manso, pero no soy menso”. La implicación era clara. Era difícil tomar en serio esta palabra de Jesús porque daba la impresión de que el manso no entendía “la realidad de nuestro mundo”. Queríamos seguir a Cristo, pero no queríamos que la gente nos viera como “mensos”.
La bienaventuranza parece referirse al Salmo 37:11. Este salmo hace un contraste entre los que creen que ellos son el centro de su existencia y los que dependen plenamente de Dios. Los mansos del Salmo 37 no son personas débiles o pasivas, sino personas que han aprendido que su existencia no depende de ellos mismos, sino de Dios.
Vivimos en un mundo que celebra el poder, la fama, el dinero y la belleza. Parece ser que nuestro mundo es de los que tienen esas cosas. Los países poderosos se imponen sobre los débiles. Los medios masivos constantemente enfocan en los famosos. Tienen tanta influencia que aun los cristianos buscamos vestirnos como ellos y compramos lo que ellos nos recomiendan. Y de los que tienen dinero y belleza… ni se diga.
Jesús nos invita a reconocer que los valores que celebra nuestro mundo son efímeros. Parecen ser de valor supremo porque son vistos desde la perspectiva única de esta vida, sin tomar en cuenta el reino y los valores eternos. Si Dios no existe y no hay vida más allá de la muerte entonces son los poderosos, los famosos, los ricos y los bellos que se quedarán con la tierra.
Muchos cristianos vivimos como que en verdad no creemos en la resurrección de los muertos y la vida eterna. En vez de reconocer lo efímero de los valores de este mundo, pasamos nuestro tiempo persiguiéndolos y aun justificándolos como bendición divina. Muchos estudios han demostrado que los evangélicos en este país no vivimos diferentes de los que no se llaman evangélicos.
Esta bienaventuranza nos invita a celebrar la gracia divina, en vez de los valores de este mundo. El poder, la fama, el dinero y la belleza todos dependen de que unos tengan y otros se queden fuera. Pero el poder no crea seguridad, sino temor del que tiene más poder. La fama pasa. El dinero nunca es suficiente. Y todos nos pondremos viejos.
El manso tiene claro que lo más importante son los valores divinos. Vive en la libertad de no estar atado a valores que se acaban. Conoce la gracia de Dios que es para todos sin distinción de poder, fama, dinero o belleza. Cuando termine la historia humana, no serán los poderosos y los violentos los que se quedarán con la tierra, sino que serán los mansos que se sentarán con el Cordero “manso y humilde”. La invitación de esta bienaventuranza es vivir hoy como que creemos en ese futuro divino. Aunque me digan “menso”, quiero ser manso, por la gracia de Dios.
(EL INTER, Septiembre 2006)